El debate sobre la prohibición de la tauromaquia en la comunidad catalana ha abierto la caja de Pandora y está dando pie a un debate mucho más amplio que afecta a todos los animales – quitando la razón, por cierto, a aquellos animalistas que afirman que las campañas “monotemáticas” son inútiles. Pero vayamos al tema. En un artículo de La Razón publicado el pasado 7 de marzo y llamado “Derechos Animales”, el columnista Germán Cano realiza una interesante reflexión sobre el tema. Interesante porque refleja lo que podría ser el sentir de muchas personas ajenas al movimiento animalista y los temores que podría suscitarles. Y aunque al final termina negando esos derechos a los animales, los argumentos que va exponiendo en realidad podrían dar lugar a pensar lo contrario para cualquier lector.
A pesar de que el articulista comienza hablando de Darwin, y reconoce que los humanos estamos obligados a cuestionarnos nuestro “narcisismo antropocéntrico”, finalmente expresa su rechazo a una ética no especista basándose de forma resumida en el argumento de que el ser humano no puede reducirse a mera biología, y que equiparar derechos de humanos y demás animales es “animalizar” y, por tanto degradar, al ser humano. Al final de su artículo, expone:
“¿No hace falta haber despreciado mucho el fenómeno humano para terminar reconociendo derechos a los animales?”
Es normal que surjan este tipo de preguntas y temores al abordar el tema de derechos animales, y es nuestro deber como defensores de los animales explicarlos y disiparlos. Dudas y temores que por lo general nacen siempre de una misma fuente: un temor a la comparación humano-animal, algo que causa verdadero pavor a quienes tienen metido en sus entrañas el espíritu renacentista del hombre como centro de todas las cosas y cúspide de la creación.
Los defensores de los animales no estamos degradando al ser humano contemplando únicamente su biología. Es evidente que el ser humano no es sólo su biología (si bien ningún animal lo es). El humano es un animal peculiar, con un desarrollo cognitivo más avanzado que la mayoría de los demás animales y capaz de hacer cosas increíbles – por buenas y por malas. Cualquier animalista, como servidor que escribe este texto, puede disfrutar y disfruta de muchas de las creaciones de los demás miembros de su especie: leyendo un poema, escuchando una sinfonía o contemplando el casco antiguo de una vieja ciudad europea. O simplemente saboreando un buen vino o una buena conversación con otros humanos. Nadie está negando nada de esto.
Sin embargo, el ser capaz de escribir poemas, componer sinfonías o construir catedrales, no tiene nada que ver con la ética. A la ética sólo le importa que seamos capaces de sentir. Para ilustrar por qué esto es así, imaginemos un mundo en el que aquellos con talentos especiales, como una inteligencia o una sensiblidad artística superior a la media, tuvieran más derechos que los demás. Ya se han escrito muchos libros y rodado muchas películas sobre el tema (me viene a la mente ahora “Gattaca”), en las cuales al final los “malos” son siempre quienes propugnan un clasismo semejante, y los “buenos” quienes luchan por la igualdad para todos los seres humanos.
Entonces, ¿qué es lo que tenemos todos los seres humanos que nos hace iguales? No podemos caer en la tautología de decir “es que somos humanos”. Las tautologías nunca son buenas porque nos traen recuerdos muy negativos. No olvidemos que hace muy poco tiempo se negaban derechos a individuos de otras razas con argumentos del tipo “porque son negros”. Y se negaban con la misma vehemencia con la que hoy día muchos niegan derechos a los demás animales. Si queremos debatir sobre ética tendremos que usar argumentos.
Tiene que haber una característica, y esta característica no puede ser la inteligencia, la sensibilidad artística o el espíritu creativo, por muy encomiables y distintivas que sean estas capacidades. La respuesta no es otra que nuestra capacidad de sentir, que hace que nos importe nuestra vida, que deseemos estar vivos y vivir libremente, y que se respeten los intereses derivados de nuestras necesidades.
Y por eso los defensores de los animales reclamamos derechos para éstos: porque los demás animales también tienen un sistema nervioso, y son capaces de sentir. Les importa su vida y no quieren ser manipulados y privados de libertad, su capacidad de sentir les hace tener necesidades y de esas necesidades derivan intereses: interés en estar vivo, en tener acceso a alimento, en correr o en jugar. Cuanto más complejo sea un individuo animal más complejas serán sus necesidades y por tanto más diversos sus intereses. Por eso un humano tiene interés en tener una educación universitaria, y una jirafa no tiene ese interés – tiene otros acorde con su especie. El humano y la jirafa no son iguales, y sus intereses tampoco. Pero el respeto que debe darse a esos intereses, sí debe ser el mismo: porque dichos intereses emanan de individuos vivos, sintientes, conscientes de su vida, con necesidades y con deseos, con ansia de placer y miedo al dolor. Ese es el milagro de ser un animal. Y eso es lo que somos también los humanos, y con ello no estamos reduciendo a nadie a su biología, simplemente estamos considerando qué es lo importante a la hora de asignar derechos.
Uno de los rasgos que miden la grandeza de un individuo es no abusar de su poder pudiendo hacerlo, ser compasivo, ser respetuoso, ser tolerante con quien es diferente. Por eso, y respondiendo a la citada pregunta del Sr. Cano, asignar derechos a los demás animales no implica “despreciar” al ser humano, al igual que asignar derechos e igualdad a las mujeres no supuso un desprecio para los hombres. Al contrario, engrandeció a mujeres y a hombres.
Ampliar el abanico moral nos hace un poco más grandes porque nos hace más justos, más compasivos, más nobles. Reducir el abanico moral, se emplee el argumento que se emplee, únicamente nos hace un poco más miserables.